Lo inagotable de la risa

Hay risas que no tienen otro objeto que ellas mismas, risas que se generan a partir del derroche y contagio de sí mismas, en esto reside su carácter de gratuidad. La risa se multiplica, crece como un niño, excede los temas cómicos.

La risa de la risa  evocaría  un camino semejante al que transita el eros platónico en su búsqueda de la belleza en sí, primero la risa ante lo particularmente risible, luego la risa bajo la que caerían  todas las cosas y finalmente la risa que se consagra a sí misma.

Si la risa es un momento soberano, entonces también instaura un modo de aprehender la verdad;  como en la obra de arte, de la risa puede brotar lo verdadero. La acción de abrir una verdad y la capacidad de sublimación  relacionan a la risa y al arte estrechamente. Martin Heidegger mostró que la verdad del arte está en la inagotable plenitud  en que puede mostrarse y demorarnos lo que es, en la aparición resplandeciente del ente, para decirlo en una fórmula por supuesto escasa pero que permite subrayar el carácter iluminador con el que el filósofo piensa la obra de arte.

Quizá lo más escandaloso de las tesis nietzscheanas, desarrolladas luego por la hermeneútica, sea la interpretación según la cual, la risa no es sólo un modo más de aprehender la verdad, sino un momento ineludible en la construcción de toda verdad.

Acaso también la irrupción de la risa llevaría  a cabo una recuperación distorsionante del sentido, una ‘conversión’ quizá  cercana a la que piensa Gianni Váttimo en el  concepto de Verwindung acuñado por Heidegger, pues a su modo la risa es metáfora,  expresión de  un  sentido que se desplaza, que exhibe su propia negación, que se pierde y  se transforma;  un sentido que ha sido ‘llevado’,  ‘conducido’ a otra parte,  una metáfora que se celebra con el cuerpo y se traduce en un gesto de agradecimiento, efímero y siempre insatisfactorio, como todo lo que nos lleva en presencia de lo maravilloso.
 
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Ultima modificación: 28-04-13  a las  14:11