EL VIAJE A LA FELICIDAD. Eduardo Punset.

 

Se acercan días en que lo normal en nuestra especie es desearse felicidad. ¿Dónde se esconde, qué se siente poseído por ella, cómo se garantiza uno ser feliz?

Por: angelcaído

 

A buen seguro, porque las listas de ventas así lo vaticinan, uno de los regalos que más se repetirán será un libro de Eduardo Punset, que desde hace algunos años anda echando sus redes, las del conocimiento, para ver qué pesca en el océano de horas que es la madrugada televisiva.

Anticipémonos, hablando de El viaje a la felicidad, uno de estos libros que, de no ser de Punset, creeríamos de autoayuda, o sea, inservible, o sea, algo que, sin serlo, tiene aspecto de libro.

No es el último. Desde que apareció este texto que hoy nos ocupa, ya ha publicado otros dos: uno de entrevistas con científicos (Cara a cara con la vida, la mente y el Universo), otro, acerca del cerebro (El alma está en el cerebro). Quizá nos ocupemos de ellos algún día, porque la divulgación (Asimov, Sagan, Punset, Manuel Toharia, Pepe Rodríguez… ) siempre deja algún dato, un destello, una idea, que puede ser suficiente para justificar una reflexión, un artículo. Detrás de cada artículo hay una idea, o debería haberla. Siempre. Como mínimo.

¿Cuál es la idea, entonces, de este? La/s duda/s. A saber:

¿Cómo es posible, si es cierto que nuestro cerebro mantiene una parte reptil, que demos la primacía a la razón, si apenas la usamos? Si todo empieza y acaba siempre en una emoción, ¿por qué nos creemos seres fríos, exclusivamente pensantes?

¿Por qué queremos ser felices? Si el cerebro, en su empeño por subsistir, nos dopa, directamente nos droga, cuando aprendemos algo para que nos sintamos bien al aprender y, por tanto, sigamos aprendiendo, ¿cómo es que no nos percatamos de tan burdo sistema, cómo es que no concluimos que para ser feliz no hay que ser tan feliz, completa y continuamente feliz?

¿Por qué Aristóteles, que se preguntó el porqué de todo, enunció que la alegría suprema, la eudamonia, surge del aprendizaje? ¿Por qué no se preguntó, consecuentemente, por qué es esto así? ¿Le dio miedo seguir? ¿Vislumbró la respuesta pero le resultó tan aterradora que se la calló?

¿Por qué ahora, a las puertas de descifrar los libros más herméticos del genetismo, la imbecilidad es más abundante que nunca, campa por sus anchas, dirige destinos, rige naciones y dicta leyes —entre otras, las que conciernen a la educación—?

¿Cómo es posible que las muertes causadas por la depresión, esa plaga occidental y silenciosa, sean más que las causadas por el tráfico, y aun así insistan en esperpénticas campañas para hacer sentir culpable a todo el personal por lo que hace un 0’01% de la población al volante?

¿Es cierto que aprendemos la música antes que el lenguaje, o es que directamente el lenguaje es una música para nosotros? ¿Cómo es posible que no se estudie Mozart y sí a los hermanos Álvarez Quintero?

De un tiempo a esta parte me parece que, más importante que creer saber, es saber lo que se desconoce. Las dudas son creativas, intuitivas y poéticas. Por tanto, en ese viaje a la felicidad del que con tanta curiosidad se ha ocupado Punset y que tanto nos ocupa a todos, ¿acaso no nos será más propicio Baco que Atenea? That’s the Question, la Duda.

 
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Ultima modificación: 26-04-13  a las  21:00